Entrevista a Kenneth Frampton

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anatxu Zabalbeascoa, El País, 06.06.2011

Kenneth Frampton solo ha construido un edificio de viviendas de alquiler en Londres y otro de vivienda social en Estados Unidos. “Supongo que me di cuenta de que podía contribuir más al mundo escribiendo y enseñando arquitectura que tratando de construirla”, explica en Madrid, invitado por la Asociacion de Becarios de La Caixa. Y tiene sentido. Su libro Una historia crítica de la arquitectura moderna (Gustavo Gili) es la Biblia de los estudiantes de esta disciplina. Desde que lo escribiera en 1980 -vive en EE UU, adonde emigró en 1966 para dar clase en las Universidades de Princeton y Columbia- lo ha revisado tres veces. La primera añadió su famoso regionalismo crítico, que refleja cómo el genius loci marca los edificios (1985); en la segunda indagó en las arquitecturas fragmentadas de la deconstrucción (1992) y en la última explicó los efectos de la globalización, el fenómeno de los arquitectos estrella y, también, la sostenibilidad (2007).

Frampton asegura que no trabaja en una cuarta revisión, pero considera que el impacto de la crisis será notable. ¿Se resentirá también la arquitectura del espectáculo o simplemente se mudará a otro lugar? “La manhattización del mundo continuará en países emergentes como China y Rusia: la arquitectura especulativa mueve dinero, y eso asegura que la proliferación de rascacielos no se detendrá”, sostiene. De los últimos años considera que lo peor ha sido “tratar la arquitectura como arte, como esculturas gigantescas; eso reduce la arquitectura a la fachada de los edificios”. Pero ve positiva la atención prestada en los medios. “Hemos conocido obras levantadas con medios escasos como la de Francis Kéré en África”.

¿Pueden imponerse otros valores para repensar la arquitectura y el urbanismo? Con tantos arquitectos recién licenciados en paro, ¿romperá la realidad social la tradicional endogamia de la arquitectura? Frampton admite que su profesión es hoy más precaria que nunca, aunque señala que aquí el caso se ha agravado: “Tras la muerte de Franco España vivió una edad de oro de la arquitectura, con muchos edificios públicos. Pocos países podían igualar la diversidad y la calidad de lo construido aquí, pero todo se acaba”.

Hoy, la gran foto de la arquitectura mundial habla de ejemplos refinados conviviendo con la barbarie: “El 80% de lo que se construye es mediocre y está mal hecho”. ¿Qué no funciona en una profesión en la que muchos grandes nombres llevan dos contabilidades: la de la arquitectura que se publica y la que no debe ser publicada? “La dedicación exhaustiva es poco rentable. Los edificios en los que se repite una planta son la mejor fuente de ingresos. Pero no todos los grandes hacen eso. Los portugueses no: ni Álvaro Siza ni Souto de Moura”, aclara. Como ellos, Frampton es un gran defensor del Movimiento Moderno. “Fue el primer movimiento global: los objetivos lo eran y el resultado también. Era progresista y cambió la faz de la tierra. El legado sigue vivo y con potencial, ha demostrado saber absorber nuevas tecnologías y poder trabajar con poco”. Recuerda que la influencia del Renacimiento se extendió hasta el siglo XIX, y piensa que la de la modernidad podría también perdurar siglos.

El Renacimiento no llegó a África y el Movimiento Moderno, sí. Por eso a Frampton le parece fundamental el regionalismo crítico: cómo las culturas modifican una idea que permite la reelaboración al contacto con las tradiciones. Hoy el profesor reconoce que la lectura de los historiadores ha sido “imperialista y eurocéntrica”, y que la otra mitad del mundo -África, el sureste asiático y la Sudamérica que queda más allá de Barragán o Niemeyer- podría ser un modelo en esta época de crisis.

Frampton ejerció la crítica desde sus libros o desde las aulas: -“Nadie me pidió que escribiera para un periódico”- y hoy considera que entre los grandes maestros modernos como Le Corbusier, Mies van der Rohe o Frank Lloyd Wright, el finlandés Alvar Aalto es el que más vivo ha sabido mantenerse. “Su herencia es la más rica. No solo por su actitud hacia el paisaje, también por adelantar la preocupación por la sostenibilidad y el respeto por lo local”. Ve en el traslado de Mies van der Rohe a América la mayor contribución estadounidense a la arquitectura moderna: “La manera elegante y minimalista de levantar edificios con estructura metálica y fachadas de vidrio cambió la faz de las ciudades. Se convirtió en sinónimo de urbano y se exportó por todo el mundo”. ¿Ha habido también una contribución española? Kenneth Frampton ha escrito que en el mundo hay cuatro países con una alta cultura arquitectónica: Japón, España, Francia y Finlandia. “No se trata de que exista una figura aislada, sino un elevado número de arquitectos levantando edificios de gran calidad. Eso es cultura arquitectónica. España lo consiguió gracias a los Gobiernos de la Transición y a la clase media”, sostiene. Hoy no sabría juzgar. Hacía 50 años que no visitaba Madrid. Y se declara “incapaz de entender los límites de la ciudad”. “El crecimiento sin límites no hace ciudades. Es un reflejo del consumismo”, sostiene. “El automóvil es el invento más apocalíptico de todos los tiempos. Más aún que la bomba atómica, porque está por todo el mundo y no tiene vuelta atrás. El automóvil está tan integrado en el funcionamiento de nuestra economía que no podremos prescindir de él. Aunque caminemos”.

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