Cosas sin contar

Antonio Muñoz Molina, El Pais, 26.11.2011

Cuántas cosas se quedarán sin contar: cuántas historias que merecían ser sabidas y recordadas se perderán sin rastro. Con lo que sabemos construimos un relato completo del mundo sin que nos inquiete la conciencia, la magnitud de todo lo que se ha quedado fuera, las ciudades de las que no ha sobrevivido ni el nombre, los tesoros que permanecerán sepultados para siempre, debajo de la tierra o en el fondo del mar. Tal vez por ese motivo algunas personas viven dominadas por la pasión de dejar constancia de todo, escribiendo memorias o coleccionando periódicos o fotografías o recogiendo por los desvanes y los muladares de las ciudades lo que nadie quiere o lo que parece que no tiene ningún valor.

En un mercadillo que se instala todos los domingos en el patio de una escuela en el Upper West Side de Nueva York hay siempre un tenderete regentado por un hombre barbudo y jovial que viste chalecos ajustados como de tabernero del siglo XIX y lleva un sombrero hongo de color marrón que acentúa su aspecto anacrónico. Se llama Scott Jordan y según su tarjeta de presentación es “arqueólogo urbano”. Va por toda la ciudad conduciendo una furgoneta vieja, y en cuanto ve una zanja abierta o un derribo o el gran cráter de los cimientos de un nuevo edificio pide permiso para llevar a cabo sus excavaciones. No hay nada que no encuentre que no sea un tesoro para su curiosidad sin fatiga, para su empeño de rescatar cualquier huella de vidas pasadas. Sobre el tenderete ofrece algunos de sus hallazgos una vez limpiados: llaves grandes de hace dos o tres siglos, botellas de color caramelo que contuvieron remedios infalibles y embusteros contra todas las enfermedades, cabezas trágicas de muñecos de cartón, candados que cerraron cofres de los que no quedó ni rastro, clavos de varios palmos que atravesaron puertas o vigas o cerraron ataúdes, soldaditos de plomo con los que jugaron niños que llevan muertos más de un siglo, medallones oxidados que conservan en el interior un mechón de pelo, hebillas e insignias de latón de uniformes de la guerra civil americana o la Primera Guerra Mundial. Con algunos de sus hallazgos Scott Jordan elabora composiciones que son como collages de las ruinas del pasado o como las cajas poéticas de Joseph Cornell. La última vez que hablé con él estaba entusiasmado con su yacimiento más reciente: nada menos que un viejo edificio en proceso de demolición en Staten Island que había sido un tenebroso orfanato hasta las primeras décadas del siglo XX. Había encontrado juguetes toscamente tallados y pintados, listas de nombres, fotos de huérfanos, platos y vasos de latón, toda la arqueología precaria de la desdicha y pobreza, de las que no suele quedar huella, porque quienes las sufren no escriben y muchas veces no cuentan y aunque quisieran hacerlo no encontrarán quien los escuche, quien coleccione sus testimonios tangibles, que además suelen estar hechos con materiales poco duraderos.

Artículo completo: http://www.elpais.com/articulo/portada/Cosas/contar/elpepuculbab/20111126elpbabpor_8/Tes

Esta entrada fue publicada en arte, articulos y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s