Burocracia del crimen

 

 

 

 

 

Antonio Muñoz Molina, Babelia, 02.07.2011

Necesitamos magnificar las causas de los hechos trágicos. Porque si algo es inaudito o atroz nuestra imaginación supersticiosa requiere que sus motivos estén a la altura de su resonancia: que los grandes estafadores o los mayores tiranos sean muy inteligentes y muy retorcidos, que los causantes de las guerras actúen empujados por formas extremas de maldad, que los peores crímenes respondan a conspiraciones muy organizadas. Nos espanta el horror, pero quizás nos espanta más todavía la sospecha de que quienes lo han desatado actuaran por motivos mezquinos o triviales, incluso con cierta distracción. Necesitamos que las cosas hayan sucedido de acuerdo con algún plan grandioso, que haya proporción entre las causas y las consecuencias. Somos herederos de la idea cristiana de la predestinación y de la mecánica de Newton: si algo sucedió, era porque tenía que suceder, y el historiador ha de trazar la línea de puntos de sus causas, como el astrónomo calcula la órbita de un cuerpo celeste, o como el teólogo descubre con reverencia el plan divino. La posibilidad de la indeterminación, del azar, del caos, de que hechos muy graves se puedan desatar por una combinación casual de circunstancias mínimas, de proyectos fragmentarios, nos produce la misma desazón, en el fondo religiosa, de quienes no podían aceptar hace cinco siglos que la Tierra gira en torno al Sol.

Porque Federico García Lorca es uno de los poetas mayores del siglo pasado y porque su asesinato adquirió rápidamente las dimensiones de un símbolo necesitamos de manera instintiva magnificar en un grado equiparable las circunstancias en las que sucedió, agrandar las sombras de sus asesinos, incluso los espacios físicos que constituyeron el escenario simbólico de la tragedia. Desde el principio la imaginación quiere ampliarlo todo: “Se le vio caminar entre fusiles / por una calle larga”, escribió Antonio Machado, rellenando el espacio en blanco de los datos que le faltaban con dimensiones a la altura de la desgracia: el poeta desfila como en una procesión de su propio calvario. Pero en realidad la calle, las calles por las que lo llevaron, en el corazón de Granada, son estrechas y cortas, y los lugares de su cautiverio están muy cerca unos de otros, y quienes lo detuvieron y lo llevaron al edificio del gobierno civil eran muy pocos, igual que quienes lo hicieron luego subir al coche camino de un paraje desolado no muy lejos de la ciudad, una noche de agosto. Imaginamos, con la ayuda de los biógrafos, y de nuestro hábito de exageraciones visuales, la casa de la familia Rosales en la calle de Angulo rodeada de guardias y paisanos armados, fusiles en las esquinas, en las terrazas y en los tejados. Para agravar el drama con un matiz de cotidianidad hay quien recuerda que al poeta lo sacaron en pijama a la calle: Lorca despeinado y como recién arrancado de la cama, Cristo entre los sayones en la primera estación del viacrucis, el coche negro que arranca lleno de hombres armados. Con el paso de los años y la muerte de los testigos los detalles que importarían tanto ya son irrecuperables: en otra versión Lorca sale vestido de casa de la familia Rosales, con chaqueta y corbata, pero la corbata se la ha puesto demasiado rápida y torpemente y la lleva colgando sobre la camisa.

De todo este repertorio visual y narrativo, uno de los pocos elementos que parecen seguros es el coche, uno solo, que se detuvo hacia mediodía en la acera de la calle y del que bajaron tres hombres. El investigador Miguel Caballero Pérez los identifica a los tres y hasta sabe el modelo: un Oakland, matriculado en Granada, un coche amplio de carrocería enfática, acorde sin duda con el carácter de su dueño, José Luis Trescastro, cacique bravucón de la Vega, gerifalte de la Acción Popular de Gil Robles, muy vinculado a esos parientes de la familia García Lorca que mantenían antiguos rencores hacia ella. Durante muchos años, este Trescastro se vanaglorió en público de haber matado al poeta, añadiendo los pertinentes pormenores de grosería vengativa. Era un canalla, pero también un embustero, porque no volvió a ver al poeta después de entregarlo en el gobierno civil. De las tres caras que vio Lorca al subir al automóvil Oakland -lo imaginamos negro, pero también eso es arbitrario: los había azul celeste, verde botella, amarillo- las otras dos eran también de dos perfectas nulidades: un maestro falangista que se había unido al grupo por curiosidad o azar en el último momento, y el exdiputado derechista Ramón Ruiz Alonso, el más conocido en aquel reparto de vileza, un resentido, un demagogo sin éxito, un fantoche político de tercera fila, uno de esos idiotas entre atolondrados y obsesivos que son capaces de provocar desastres muy por encima de su ínfima estatura. Luis Rosales, que sabía de lo que hablaba, lo describió mejor que nadie: “Federico murió porque era la pieza necesaria para la ambición política de un cretino”.

Miguel Caballero no tiene ninguna propensión, ni para bien ni para mal, a los vuelos literarios. Su libro, Las trece últimas horas en la vida de García Lorca, progresa con la monotonía de un informe administrativo, agregando pormenores de lugares, de horas, de nombres, reproduciendo la prosa entre obtusa y criminal de la burocracia fascista, desmenuzando las biografías de cada uno de los verdugos en certificados de nacimiento y defunción y expedientes administrativos, a veces acompañados por fotos borrosas de carné que de pronto nos estremecen porque vemos en ellas las últimas caras que miró antes de morir Federico García Lorca. Dos de los ejecutores, miembros desleales de la Guardia de Asalto, habían ganado premios en los concursos de tiro de las fiestas del Corpus de ese mismo año, solo dos meses atrás. Otro de ellos, con una cara tosca de cabo chusquero, posa en una foto hacia finales de los años cuarenta muy arreglado y del brazo de su hija, que viste de mantilla. Pero el que más miedo da tiene la nariz chata, la cara redonda, los párpados caídos, la boca carnosa y sonriente, Antonio Benavides Benavides, que tuvo en la posguerra un porvenir de policía juerguista, tahúr y putero, y que cuando se emborrachaba se envanecía de haber dado dos tiros en la cabeza al “Cabezón”.

Otros, sin manejar armas, abogados decentes, unos hermanos Jiménez Parga que con el tiempo se permitieron la pequeña vanidad de unirse los apellidos, confeccionaron listas en las oficinas del gobierno civil, añadieron o quitaron nombres, firmaron vales de gasolina para los coches que recorrían la ciudad de día y de noche: la ciudad pequeña, en la que no había distancias, en la que se comprimen los escenarios y los tiempos del crimen: los pocos minutos que tardaría Lorca en llegar desde la Huerta de San Vicente hasta la casa de los Rosales, los pocos cientos de metros que separaban ese refugio último de la puerta de atrás del gobierno civil, y que podrían haber hecho fácilmente a pie. Y el poeta muerto de miedo comprendiendo poco a poco que en esos lugares sin relieve y entre aquellas caras conocidas y vulgares, de desprecio y odio provinciano, de probable sarcasmo ante su vulnerabilidad de paisano célebre y ahora humillado -qué se habrá creído ese- , estaba viviendo las últimas horas de su vida.

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