La hora del arquitecto joven y la vivienda útil

Anatxu Zabalbeascoa, El País, 24.05.2011

Un millón de pisos vacíos y 300.000 familias desahuciadas. Algo no cuadra en las cuentas de las viviendas españolas. La crisis del ladrillo se llevó por delante al propio Ministerio de la Vivienda (ahora bajo Fomento). Y ha despertado un entramado de rentables desajustes entre inmobiliarias y bancos que ha dejado a buena parte de la población consciente de su inconsciencia al aventurarse a firmar una hipoteca que nunca debieron contratar. Con todo, más allá de poner en cuestión la costumbre nacional de comprar vivienda en lugar de alquilarla, y de plantear por qué sucede eso, la crisis también ha servido para poner en crisis tipos de construcción y para preguntarse si son los arquitectos de más renombre los que han firmado las mejores viviendas.

Por lo visto, en los últimos años la respuesta es que no. En España, equipos jóvenes y nacionales concentran los más recientes galardones de arquitectura en los que han competido con profesionales galardonados con el premio Pritzker. Ha quedado claro que la osadía arquitectónica, el genio o la búsqueda de cualidades públicas no hace las mejores viviendas. En los bloques de los barrios, el trabajo no se ve. Se vive dentro. Apenas sale en las revistas, pero cambia la vida de los ciudadanos. ¿Por qué los arquitectos más reconocidos no firman las mejores viviendas?

“Lo que requiere la investigación en vivienda social es tiempo, tiempo para conocer las condiciones locales: los materiales, los sistemas constructivos, los clientes y las costumbres”, explica el arquitecto Jaume Coll (Palma de Mallorca, 1964), ganador con Judith Leclerc (Montreal, 1967) del último Premio Nacional de vivienda de Cataluña. Y, al parecer, son muchos los arquitectos estrella con poco tiempo para pisar el solar. En la lista de los Pritzker, de Frank Gehry a Norman Foster pasando por Rafael Moneo, solo el portugués Álvaro Siza ha levantado vivienda social en varias ciudades del mundo. Pero no deja de ser curioso que ni siquiera el arquitecto comunista Oscar Niemeyer se haya preocupado nunca por levantar vivienda social. “Se trata de ajustarse en todo, incluidos los propios honorarios”, continua Coll. Así las cosas, ¿A qué obedeció la fiebre por contratar estrellas de la arquitectura como el británico David Chipperfield, el norteamericano Thom Mayne o los holandeses MVRDV para transformar barrios como los madrileños Carabanchel y San Chinarro?

Miguel Ángel Prieto, arquitecto y director de proyectos y obras en la Empresa Municipal de la Vivienda y el suelo de Madrid (EMV) reconoce que las intervenciones de esos proyectistas de éxito mundial no han sido siempre aplaudidas por los ciudadanos. Cree que a veces incluso han muerto de éxito, “generando un turismo arquitectónico que al final molesta a los usuarios”. Explica que la idea de contactar a estrellas internacionales quería contaminar su producto de excelencia: “Era un momento en que podíamos buscar otras fórmulas no solo para contentar al usuario sino también para colaborar en la construcción de otra imagen de la ciudad”. Aunque muchas de esas estrellas eran invitadas (frente a la participación en concurso que se les exige a los españoles) asegura que no trabajaban con presupuestos más holgados. Hoy, el edificio Carabanchel 21 que se está concluyendo, es el último de esa serie. Lleva la firma del autor del Isozaki Atea de Bilbao o del Palau Sant Jordi de Barcelona, el japonés Arata Isozaki, y el presupuesto por metro cuadrado es, indica Prieto, de 500 euros.

En Sevilla, el sociólogo y urbanista Luis G. Tamarit no opina lo mismo. Él estuvo a cargo de la política de vivienda en Andalucía. Y, entre 1988 y 2008, potenció la vivienda de autoconstrucción que daba trabajo a los jóvenes, resultaba un 40% más barata que la de promoción pública y enlazaba con la tradición de la zona. Levantó 3.500. Pero algo ocurrió. “Cuando llegó la ola neoliberal, la autoconstrucción rechinaba con una política “moderna” de vivienda. Parecía algo antiguo, poco eficaz. Fue sustituida por nada”, se lamenta. Hoy Tamarit se dedica a la cooperación internacional. En Marruecos y en Sudamérica no les parece que la autoconstrucción sea una manera poco eficaz de levantar viviendas.

Si funcionaron las estrellas, ¿por qué no se ha vuelto a contar con ellas? “Los tiempos han cambiado y sentimos que debemos apoyar a los arquitectos con concursos abiertos y puestos de trabajo”, responde Prieto, de la EMV. Él considera que los arquitectos jóvenes “son los que tienen mayor empuje y más ganas de innovar y romper pautas”, pero asegura que eso no siempre se traduce en mejores viviendas. Los últimos premios no le dan la razón.

“El trabajo en la vivienda social es muy difícil. Tiene presupuestos y honorarios ajustados y requiere una gran dosis de ilusión, dedicación y austeridad, parámetros más vinculados a los estudios jóvenes que a los establecidos”, explican los arquitectos David Casino (Santander, 1975) y Bernardo Angelini (Caracas, 1973). Ellos han ganado este año el mayor premio de la Bienal Española de Arquitectura por unas viviendas sociales en Mieres (Asturias) tras haber pasado por los estudios de Zaha Hadid y Alejandro Zaera. Por eso sostienen que el hecho de que la vivienda social sea uno de los campos en los que la Administración ha organizado más concursos de acceso libre ha supuesto una vía para que los estudios jóvenes pudieran emprender su carrera profesional. Ellos lo han hecho. Pero su fórmula no ha sido la de “construir la imagen de la ciudad” que mencionaba Prieto. Se han concentrado en repararla. Así, al describir sus viviendas ganadoras en Mieres, hablan de “romper el patio tradicional”. ¿Romper, desencajar nos retrata como sociedad? “Es más inteligente cambiar las cosas a partir de lo existente y conocido, pues sabemos cómo funciona. Eso es aplicable a una sociedad, pero nosotros remodelamos un urbanismo rígido que no funcionaba. Lo hicimos dialogar con el paisaje e introdujimos el sol en la plaza interior de las viviendas”. Eso fue todo.

Jaume Coll cuenta que el término indio jugaad significa “la improvisación creativa con recursos limitados”. Se trata de un tipo de creatividad que surge de abajo a arriba: “El operario es el que sabe cómo hacer una pieza más barata”. Y recuerda que el propio Vikas Swarup, diplomático y autor del guión de ¿Quiere ser millonario? lo explica en la película. “Hay que impregnarse de esta actitud para desarrollar vivienda social novedosa que apunte al futuro”, insiste. Experto en vivienda social, el año pasado sus pisos en Pardinyes, el barrio trasero de la estación del AVE en Lleida, fueron premiados por acercarse a la gente. Los pisos, de alquiler y 58 metros cuadrados, fueron considerados la mejor vivienda social levantada en Cataluña por estar diseñados con las ventajas de los espacios abiertos pero evitando sus sacrificios. Así, sin desperdiciar un centímetro, Coll y su socia, Judith Leclerc, demuestran que es posible vivir sin estrecheces físicas -gracias a un juego de puertas correderas que permite sumar espacios-, pero a la vez consiguen rincones para la intimidad. La clave está en que han sabido dividir los metros sin romperlos.

También en Parla (Madrid) los proyectistas Oscar Rueda y María José Pizarro viven en una vivienda de protección oficial y han aprendido en carne propia las ventajas de aprovechar el espacio. Por eso, los pisos que ellos mismos han diseñado con amplias zonas comunitarias, protección solar y recogida de agua en cubiertas son espacios transformables, como la propia vida de sus jóvenes habitantes.

Son muchos los proyectistas que coinciden en que el problema estriba en que lo que cambia la vida de la gente no es solo el edificio donde se encuentra su vivienda. Es clave cómo se relaciona este con el barrio. “Hemos pasado muchos años preocupados por una arquitectura de objetos en lugar de preocuparnos de diseñar la ampliación de la ciudad. Ahora nos toca reparar”, explica Luis Diaz-Mauriño. Él, Mónica Alberola y Chinina Martorell ganaron el premio a la mejor vivienda social en la última Bienal de Arquitectura española, el termómetro que juzga dos años de arquitectura nacional. Con todo, Casino y Angelini son más optimistas: “Empezamos a vislumbrar algunos cambios que hacen pensar que después de muchos años de culto al edificio autista, la arquitectura comienza a reconectar con la sociedad y también con el lugar; sin embargo, todavía hay un ADN urbanístico previo que dificulta este cambio. Sería interesante plantear propuestas que modifiquen ese patrón (que diferencia radicalmente lo público y lo privado) y que permitieran generar espacios intermedios que retomen el diálogo con la calle”.

Desde Barcelona, también Emiliano López (Buenos Aires, 1971) sostiene que el problema principal es el urbanismo. “Los planeamientos con los que se están proyectando las periferias de las ciudades no están poniendo en valor la calle. Plantean densidades demasiado bajas para que existan comercios que animen la calle. No tienen escala de peatón, funcionan a la escala del vehículo y con un centro comercial que aglutina servicios, comercio, ocio, y hasta cultura. Un disparate”, opina. Él y Mónica Rivera (San Juan de Puerto Rico, 1972) ganaron el premio FAD de arquitectura con un edificio de viviendas de alquiler para menores de 35 años, en Sant Andreu (Barcelona) en el que construyeron un espacio flexible de terrazas-corrala que hacía posible desayunar al sol para invitar a la convivencia entre vecinos.

Una fórmula parecida fue utilizada en Huesca por Alejandro San Felipe y Francisco Lacruz cuando diseñaron un edificio, con puertas de acceso a los pisos por la terraza, que también se hizo con el galardón a la mejor vivienda de protección oficial en el año 2006. Todos esos premios de vivienda social hablan en voz alta. Se valora lo necesario por encima de lo anecdótico. Se aplaude la obra de unos arquitectos desconocidos por encima de trabajos de otros proyectistas, incluso arquitectos con el Premio Pritzker, autores de viviendas peor resueltas. De la misma forma que un gran chef no tiene tiempo de pelar patatas, puede que una estrella de la arquitectura se haya alejado ya, irremediablemente, de la vida en 50 metros cuadrados.

“Los arquitectos compiten a ver quién hace el bloque más divertido, colorido y banal que no deja de ser entendido como un objeto. Y la suma de objetos no hace ciudad”, sostiene López. La antigua preocupación por la calle, discutida desde los años sesenta, ha vuelto con la crisis al debate arquitectónico. Y los que mejor conocen la calle está claro que son los que la patean a diario.

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