Manuel Gallego

Entrevista Manuel Gallego Jorreto, Diario de Sevilla, 08.05.2011

Arquitecto. Premio Nacional de Arquitectura, ha construido el complejo de la Presidencia de la Xunta en Monte Pío, que incluye la residencia del jefe del Gobierno gallego. Es profesor y urbanista.

-¿La arquitectura ha recuperado el sentido común con la crisis?

-La arquitectura siempre responde a necesidades. Y en esta época se crean, muchas son  ficticias. Se ha hecho mucha arquitectura superflua, excesiva en su expresión, en su coste, en su sentido del alarde. ¿Para qué necesitamos alta tecnología para resolver cosas sencillas?

-¿La arquitectura se ha convertido en una rama más del espectáculo?

-Ha estado relacionada con el consumo de objetos. Parece que las cosas ahora cambian, pero hay que estar alerta:  la arquitectura razonable también puede utilizarse como otro objeto de consumo, sólo que vendiendo una moda distinta.

-¿Su oficio consiste en crear marcas o es una disciplina creativa?

-El espectáculo ha condicionado la construcción de la ciudad, aunque también se han hecho cosas de calidad. Es cosa de la posmodernidad: donde el tiempo pierde su condición de poso histórico y todo queda anulado por el presente.

-¿Una ciudad es tiempo?

-Sí. Es acumulación de tiempo y coexistencias. Un artefacto complejo lleno de luchas internas. Su riqueza es la capacidad de acumular tiempo en su expresión, en sus espacios.

-¿Dónde se ve esto?

-En los edificios que cambian, en los espacios públicos que acumulan referencias pretéritas. La ciudad se respira. Por eso una ciudad hecha por un único arquitecto da una impresión pobre: se simplifica,  igual que una caricatura. Aunque uno sea un magnífico arquitecto  sustituye la acumulación del tiempo exclusivamente por el presente y termina borrando todo lo demás.

-¿No es eso puro egocentrismo?

-Un egocentrismo feroz. El arquitecto ha jugado el papel de estrella social. Y es curioso: como creador, un arquitecto es un sensor de lo que la sociedad demanda. Tiene intrínseca una carga de inconformismo: es alguien crítico que quiere inventar mundos nuevos. Lo llamativo es cómo muchos arquitectos se han vuelto tan conservadores que pasan a ser elementos de moda. Buscan el aplauso de los políticos. No acabo de entender muy bien los motivos.

-¿Nos venden como vanguardia proyectos conservadores?

-La creación es subversiva porque inventa caminos nuevos que nos hacen más libres. La moda, en cambio, es conformista. Sigue un camino trillado. No busca el riesgo: se mueve sobre una seguridad total.

-¿Dónde está el riesgo?

-En descubrir las necesidades verdaderas del hombre de hoy. Hay que descubrir los cambios de lo cotidiano. Correr el riesgo de olvidarse del poder, de si le satisface o no lo que haces. La creación implica angustia y obviar estos intereses.

-¿Se puede hacer arquitectura sin contar con el poder?

-Se puede hacer a una escala  reducida. Lo importante es la actitud, la voluntad de despojarse de los convencionalismos. Es más fácil decirlo que hacerlo. Consiste en moverse por la vida con espíritu crítico.

-¿La arquitectura es sólo forma?

-La imagen no es arquitectura. Una imagen es la expresión de algo, pero lo que se ha diluido con tanta imagen es el contenido, lo que hay debajo. En la arquitectura dominante casi parece que las imágenes van por detrás de las ideas, en lugar de que cada idea tenga una imagen. Es una arquitectura vacía.

-Compáreme la Fábrica de Artillería de Sevilla con el Parasol.

-La Fábrica de Artillería me emociona: su capacidad plástica y la forma en la que la arquitectura resuelve las necesidades. Es un recorrido por la historia. Un edificio construido sobre el tiempo, que es dinámico. Tiene momentos que recuerdan a Piranesi: espacios con una luz teatral. Las setas son justo lo contrario:  un gesto que quiere anular la historia. Quiere ser tan poderoso que borra el tiempo que estaba flotando en la plaza. A mí me gusta pasear por Sevilla: descubrir los olores, la luz, la vida, que es el soporte de la arquitectura. Y en las setas he visto muy poca. Sevilla es admirable por su cultura urbana. En Galicia esto es distinto, pero en una ciudad tan urbana como ésta no entiendo cómo se ha hecho algo tan ajeno, tan superpuesto, tan anulador. Tan inútil: crea sus propios problemas para poder resolverlos. Si de lo que se trataba era de hacer un mercado con una plaza pues había que hacer justo eso. Pero crear una plataforma tan extraña para un uso público tan reducido… Lo bueno es que parece una instalación desmontable. ¿No?

-Ha costado 123 millones de euros.

-Nos olvidamos de que la arquitectura requiere un esfuerzo económico y social que sólo deben hacerse cuando realmente se necesita.

-¿Sevilla necesita otro icono?

-Sevilla no necesita nada. Es una ciudad maravillosa. Tiene una arquitectura espléndida. El alma de una ciudad nunca la construye un icono. Se tiene o no se tiene. Un icono puede quizás destruirla. Y el alma de una ciudad es el resultado de muchos años y muchos actores, como un poso. Todo artefacto reactiva el enclave en el que se asienta, pero también puede destruirlo. Hay que ser muy cauteloso y optar por algo capaz de convivir sin hacer ruido. El Parasol es como un grito en medio de un canto precioso.

-¿La obsesión por los iconos no es una patología algo provinciana?

-Existe una sensación provinciana que se suma a la competencia de las ciudades en el mundo global. El modelo de Bilbao. Pero lo que existe es una gran falta de criterio. La competencia urbana no justifica determinados disparates.

-¿Los ciudadanos entienden esto?

-La gente creo que tiene conciencia de cuando algo está bien y cuando no, aunque en un mundo tan manipulable la opinión se modifica por los determinados intereses. Dirigismo político y cultural.

-La gente debería participar en la construcción de su propia ciudad.

-Es fundamental. Cuando hablas con un político y le dices que la participación  consiste en escuchar las disidencias, se cierran en banda. Sólo la conciben como un refrendo.

-¿Quién construye la ciudad?

-Los gobernantes. El poder.

-¿No hay forma de evitarlo?

-Un plan urbanístico puede ser bueno y usarse mal. Los planes deberían  servir para que los propios ciudadanos vigilen al poder. Todo lo que contribuya a potenciar la crítica ciudadana es bueno. Hay que conseguir que la gente sea consciente de que lo que se hace en la ciudad se hace sobre su propio espacio.

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