Rothko, claridad mortal

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Francisco Calvo Serraller, Babelia, 27.09.2003

A primeras horas de la mañana del 25 de febrero de 1970, Mark Rothko se
suicidó en su estudio de Nueva York, donde también vivía desde que se había
separado de su mujer. Nacido el 25 de septiembre de 1903, en la localidad
letona de Dvinsk, en el momento de su muerte contaba, pues, 66 años y 5
meses. Dos años antes, en 1968, había sufrido un aneurisma de aorta, que
superó, aunque durante un tiempo debió abandonar cualquier actividad. A pesar
de este gravísimo contratiempo de salud y del creciente desasosiego que le
asediaba ya desde antes de este percance, así como de las consecuencias
personales derivadas de esta latente depresión -la separación de su amada
segunda esposa Mell y el voluntario aislamiento de sus colegas y amigos-,
durante la mañana del día de su suicidio tenía concertada una cita con el
vicepresidente de Marlborough para seleccionar la obra que debía ir a la galería
para su comercialización, lo que nos indica que no tenía previsto, o, de manera
aún difusa, acabar con su vida.

¿Por qué entonces se suicidó Rothko? No parece que el misterio de tan trágica
decisión pueda ser desvelado a través de una o varias causas concretas que le
influyeron desde el exterior, todas ellas por fuerza de naturaleza ambivalente.
Siguió pintando a pesar de los quebrantos físicos y emocionales. La jubilación
artística de su generación con el triunfo del arte pop, aunque particularmente le
repugnasen estética y moralmente los presupuestos de esta nueva tendencia, no
pudieron afectar tanto a un artista que odiaba la fama y sufría remordimientos por
el reconocimiento oficial que se le prodigaba y que consideraba peligrosamente
corruptor y esterilizante. Por todo ello, sin que sea necesario seguir con un
recuento de las circunstancias adversas que pudieron arrebatarle las ganas de
vivir, tan indisociablemente unidas a las ganas de crear, está claro que la única
respuesta posible para el suicidio de Rothko debe hallarse en su pintura, a la que
entregó su existencia por completo, como, por otra parte, así lo expresó él mismo
en 1958 en una conferencia sobre los elementos esenciales para la creación
artística, el primero de los cuales era tener “una clara preocupación por la
muerte”, pues “todo arte trata con las intimaciones de la mortalidad”; esto es: que
se debía “pintar a muerte”, a tumba abierta.

Además de la importancia crucial de tenerla siempre presente y reflexionar sobre
ella, ¿en qué medida la pintura “mató” a Mark Rothko? En el año 1913, con diez
años, Mark Rothko, entonces Markus Rothkowitz, un niño judío que sólo hablaba
yídish y ruso, debió atravesar en ferrocarril de punta a punta Estados Unidos
hasta arribar a Portland, Oregón, donde le esperaba su familia, realizando este
larguísimo viaje con un cartel colgado de su cuello, donde, escrito en inglés,
llevaba los datos de su persona y destino. Nunca pudo olvidar la experiencia de
esta visión transversal del espacio infinito del paisaje atisbado a través de las
ventanas del vagón, porque era lo único que podía comprender. Tampoco, una
vez instalado en Portland, sin entender durante años el inglés, y, aún menos, las
extrañas costumbres de su nuevo país, pudo prescindir ya del no menos infinito
espacio íntimo en el que estuvo confinado, su refugio y su baluarte. Por lo demás,
hasta fines de los años veinte, Rothko no se convenció de que el único lugar y
dirección posibles para él eran los de la pintura, en la que no encontró su
verdadero camino personal hasta fines de los años cuarenta, cuando, junto con
otros colegas cómplices, creó lo que se ha llamado el expresionismo abstracto,
que internacionalmente triunfó durante los años cincuenta. No obstante, Rothko
aún tardó otros diez años más en definir lo que consideró su estilo definitivo, en
sus propias palabras, lo que llamó encaminarse hacia la “claridad”: una
búsqueda, una expectativa, una tensión, una orientación, más que, en todo caso,
una conquista.

¿Fue entonces la pérdida de esta claridad lo que oscureció definitivamente la
vida y la obra de Rothko; esto es: lo que le hizo perder de vista el infinito del
espacio exterior atisbado a los diez años mientras atravesaba el paisaje
americano y la no menos infinita inmensidad íntima donde luminosamente se
refugiaba cuando todo el entorno le resultaba extraño? Entremedias, la promesa
de que la pintura podría seguir no sólo preservando la claridad de esta
experiencia radical, sino, todavía más, su jubilosa comunicación a los demás, le
mantuvo vivo y en vilo, porque, quien se alimenta del manantial de la luz, no
puede dejar de pulir, cada vez más afinadamente, su refulgencia.

Los cuadros últimos de Rothko se habían simplificado formalmente hasta tal
extremo que las dos franjas horizontales de color que dividían el formato vertical
de sus cuadros, no sólo se habían hecho compactas y rellenaban todo el espacio
de la tela hasta los bordes, sino que prácticamente limitaban la tensión cromática
al negro y el blanco, el dinis terrae, el auténtico réquiem de la pintura. ¿Quién
entonces le podría acompañar en esta postrera excursión por ese reino sin vuelta
de la penumbra? ¿Con quién podría ya compartir esta revelación definitiva del
instante antes del nacimiento de la luz?

Comentando su cuadro Sin título (negro sobre gris) (1969-1970), el también pintor
Sean Scully escribió que “el equilibrio entre austeridad y sensualidad se rompió a
favor de la austeridad, y el juego teatral, que encauza la esperanza, fue
reemplazado por la desolación de una sola línea de horizonte deslizándose de un
borde a otro de la pintura. Rothko ya no era capaz de soportar más tiempo la
tensión dramática entre esperanza y tragedia; él mismo, en efecto, se había
quedado fuera de su propia escena”. Desapareció, en fin, pero no sin dejarnos la
luminosa herencia de su claridad, sus cuadros, esos faros que nos siguen
guiando por el extraño paisaje de nuestra existencia.

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