A cualquier cosa se le llama contemporáneo

 

 

 

 

 

Manuel Cruz, Babelia, 05.02.2011

Hay un pasado del que hay que defenderse: el que se adentra en el presente para ocupar su espacio. Asistimos a una proliferación de discursos con supuesta clave ético-humanista.

En alguna ocasión he escrito que no es fácil ser contemporáneo del presente (que nadie me malinterprete: no me cito a mí mismo como si fuera un clásico vivo, sino para advertir al lector de que me estoy repitiendo). El rótulo pensamiento contemporáneo (o filosofía contemporánea) es goloso, sin duda. Hoy intentan atribuírselo especialmente aquellos que tienen más severas deudas con el pasado, confiando -muchos de ellos no pueden ocultar la tradición de pensamiento mágico-religiosa de la que proceden- en que el nombre haga la cosa, y que -viejo ejercicio de logomaquia- baste con reclamarse de un periodo para estar a la altura del mismo. Pero, qué le vamos a hacer, si algún asunto no es cosa de meras palabras es precisamente éste, por más que tales palabras puedan venir sancionadas por una oficina, un negociado, o incluso un departamento de prensa editorial.

Contemporáneo designa una tarea, implica un desafío, que incluso va más allá del esfuerzo -nada menor, por cierto- por hacer inteligible el presente: convoca a hacerlo habitable. De la única forma que el pensamiento es capaz de hacerlo, esto es, produciendo más pensamiento, dando que pensar, cuestionando lo existente, revelando su contingencia. Dejándonos, en definitiva, ante el ineludible reto de explicitar -y decidir- qué queremos hacer con (y en) este mundo. Esto es lo que una y otra vez escamotean esos nuevos contemporáneos del pasado (como ideólogos, sin duda, se les hubiera definido cuando el término ideología todavía era de curso legal) que intentan quedarse con el santo y la limosna de todo lo que hoy estamos en condiciones de pensar.

Que nadie piense que lo anterior constituye una especie de atribución de intenciones al bulto, de imposible especificación. Más bien al contrario, cuesta poco señalar las formas concretas que adopta esta paulina conversión de algunos a la contemporaneidad. Al igual que el reloj parado, que dos veces al día da bien la hora, los personajes a los que me vengo refiriendo (y los denomino así porque, además de ser personas concretas, tienen algo de tipos ideales weberianos) se han encontrado con el inesperado regalo de que algunas de sus posiciones de siempre parecen haber mutado de signo, resultando susceptibles de ser interpretadas, por arte de birlibirloque, como especialmente adecuadas al momento actual: fueron anticomunistas, de matriz inequívocamente conservadora, en el pasado y mantener esa misma actitud ahora -hundimiento del socialismo real mediante- puede hasta llegar a resultar de buen tono en determinados ambientes, incluidos algunos sedicentemente progresistas; abrazaban en su momento, con pío entusiasmo, la identificación entre Estado y una determinada confesión religiosa y hoy se suman con el mismo entusiasmo -aunque con la piedad guarecida a buen recaudo- a la crítica a lo que les encanta denominar laicismo trasnochado, y así sucesivamente.

Si en su momento pudo señalarse que el ocaso de la idea de futuro había convertido el pasado en el territorio de un conflicto (en muchos casos, en el nuevo territorio de la política) en estos momentos convendría reconsiderar esa formulación y señalar que tal vez hoy el territorio privilegiado del conflicto sea la idea misma de contemporaneidad. Sin duda estamos asistiendo a una proliferación de discursos que, utilizando una clave supuestamente ético-humanista (los valores -sin especificar nunca cuáles, por cierto- parecen haberse convertido en el último gran negocio relacionado con las ideas en estos tiempos de inquietante posmodernidad, por decirlo a la manera de Ratzinger), persigue restaurar, maquillándolo apenas levemente, un discurso de raíces profundamente religiosas.

En realidad, estábamos advertidos. Quienes buscan imponer su relectura del pasado lo hacen siempre, por definición, mirando de reojo al presente, esperando que la nueva legitimación obtenida de su revisión les permita, por fin, el asalto de una contemporaneidad que les había sido reiteradamente negada. Pero no podemos hacer como si nada hubiera pasado en materia de pensamiento. El rancio humanismo todavía vigente en el sentido común de nuestra época representa algo distinto a lo que nombra, se nos enseñó hace ya mucho (y se nos indicó muy claramente las oscuridades que de verdad representaba). Hay un pasado que se expande y crece adentrándose en el presente, aspirando a ocupar por completo su espacio, tutelando todas sus representaciones. De ese pasado hay que defenderse. O, cuando menos, no queda otra que intentar resistirse a él. Con las modestas armas que nos han sido dadas (de las que los libros consignados a continuación constituyen una buena muestra). Intentando pensar, a sabiendas de que pensar es siempre pensar desde algún sitio y que, por tanto, la pluralidad es consustancial a la tarea.

Tal vez esta voluntad de resistencia a un determinado pasado constituya una pretensión desequilibrada, pero es mucho lo que se encuentra en juego. Se trata, en última instancia, de no dar completamente por perdida esa pequeña ilusión en la que se dilucida nuestra supervivencia, a saber, la de que lo que hay no es del todo una condena, sino más bien una desafortunada contingencia.

___50 pensadores contemporáneos esenciales. John Lechte. Traducción de Carmen García Trevijano. Cátedra. Madrid, 2010. 5ª edición actualizada y puesta al día. 315 páginas. 18,20 euros. Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea. Diego Sánchez Meca. Dykinson. Madrid, 2010. 694 páginas. 48 euros. Pirámides de tiempo. Historias y teoría del déjà vu. Remo Bodei. Traducción de Juan Antonio Méndez. Pre-Textos. Valencia, 2010. 228 páginas. 15 euros. Temperamentos filosóficos. De Platón a Foucault. Peter Sloterdijk. Traducción de Jorge Seca. Siruela. Madrid, 2010. 140 páginas. 16,95 euros. Manuel Cruz, premio Espasa de Ensayo 2010 por su libro Amo, luego existo. Los filósofos y el amor, es editor del volumen colectivo Las personas del verbo (filosófico), que se publicará en Herder___

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