Rothko y el color rojo

 

 

 

 

 

 

 

 

Félix de Azúa_Autobiografía sin vida

El pintor y prestigioso crítico artístico del Times Literary Suplement, Julian Bell,
relata su visita a una exposición de Mark Rothko (ejemplo sobrio del «ser
pictórico-espiritual» de Kandinsky) que tuvo lugar en la Tate Modern. Bell se
adentra en un espacio enorme de altísimo techo, flanqueado por pilares y con
una luz que le recuerda la grisalla de los aparcamientos subterráneos, algo así
como un híbrido de templo y caverna. Cuando por fin se enfrenta a la pintura
sufre un choque profundo: el cuadro, ígneas manchas de color que parecen
fundirse en el espacio, le deja en suspenso porque anula no sólo las
posibilidades pictóricas del dibujo sino también la posibilidad filosófica de abrirse
a cualquier no-yo (any not-me whatever). La cerrada unicidad del estado de
ánimo expuesto en la pintura le sobrecoge como algo sagrado, «algo solemne,
un monumento hierático que absorbe en silencio cualquier descripción que el
espectador se proponga, algo similar a sentirse en el centro de un círculo de
piedra primitivo» (anden stone círcle). En la cueva de Chauvet pudo oírse un relincha muy similar a una risa sardónica.
Julian Bell escribía a favor de Rothko, pero Edward Lucie-Smith, tras visitar la
misma exposición, escribe en contra: «El efecto es sepulcral. Peor aún,
deprimente. La galería tiene todo el carisma de la sala de espera de una estación
de tren abandonada. Los visitantes, un gentío, parecían refugiados a la espera de
un tren que no iba a llegar nunca». Ambos coinciden, asombrosamente, desde
puntos de vista contrarios, de modo que es posible deducir que Rothko había
logrado producir signos comprensibles para su «ánimo único», aunque dieran
esa impresión de estación inevitablemente emparentada con Auschwitz.

En los antípodas del entusiasmo de Bell, LucieSmith rechaza la pretensión de
ponerse ante esas pinturas como si fueran «objetos devocionales» y sin embargo
así los describe, con el añadido de que se indigna por la mala calidad de la
pigmentación (el célebre rojo Lithol) que ha destruido ya y va a destruir la mayor
parte de las obras importantes del artista. Esos objetos llevaban incluido su
propio suicidio y con la dignidad de los derrotados se irán convirtiendo en polvo
por mucho que se esfuercen los restauradores por evitar la caída del pigmento.
En algunos casos los comisarios ordenan repintar con nuevos pigmentos los
rothkos, sin decir ni pío. Y siguen siendo «rothkos» aunque no haya en ellos ni
una sola pincelada del autor.

Rothko sin duda estaba dando figura a una tragedia, pero tan íntima, tan única,
que paraliza al espectador como si asistiera a un sacrificio ritual cuyo sentido ha
sido olvidado hace siglos. Allí están los signos de las reses o de los humanos
desangrados para implorar la benevolencia de un dios, pero ya nadie sabe quién
es ese dios, ni cómo se llama, ni lo que exige de nosotros. Lo único evidente es
que la res, humana o animal, ha muerto ejecutada en una estación vacía en la
que sólo percibimos el estruendo de las máquinas. Esa pintura expone los
sentimientos de un humano abandonado que, sin embargo, insiste en apelar al
sacrificio por si aún permaneciera el animal fraterno, el dios o parte del mismo, en
alguna estancia, y no simplemente su tumba vacía. Esa desesperada tentativa es
todo lo que transmite el colosal cuadro de Rothko.

Finalmente y con extrema coherencia, él mismo sería la res sacrificada en 1970,
último y determinante tanteo para obligar al dios a una respuesta. Rothko
encarnó simultáneamente a Abraham y a Jacob. Empuñó una afilada navaja,
debió de alzada hacia el cielo, esperó seguramente un instante (es lo que
Kierkegaard llamaba «el silencio de Abraham»), no apareció ángel alguno, y entonces abrió las venas de Abraham y Jacob con tanta violencia que el charco de
sangre donde le encontraron coincidía en superficie con alguna de sus enormes
pinturas, ocho pies por seis, según el crítico de The Guardian Jonathan Jones, a
color field, en la jerga de los expertos. Un último Rothko pintado con la sangre de
Rothko. Sus cuadros irán suicidándose por orden, parsimoniosamente.

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