La vida en las cosas

Antonio Muñoz Molina, Babelia, 11.07.2009

Un río de cosas fluye entre las manos; nos movemos entre bosques de cosas vistas y no vistas, nos refugiamos en ellas, las dejamos que vayan poco a poco ocupando los espacios más privados de la vida, los más íntimos, el cajón del escritorio y el de la mesa de noche, los armarios, los altillos a los que sólo se accede tanteando a ciegas, cada palmo de la casa, cada superficie. El río de las cosas llega a las manos y se va de ellas en una corriente que no cesa nunca, y en cuya permanencia nadie repara: cuántas cosas has tocado, guardado, escogido, descartado, a lo largo de un solo día; cuántas, ya innumerables, en una sola semana; cómo sería haber conservado todas y cada una de las cosas que has tenido fugaz o perdurablemente en el tiempo de toda tu vida: qué armarios harían falta para amontonarlas, qué salas para exponerlas metódicamente, quizás en orden cronológico o en orden temático, sin olvidar ninguna, sin establecer jerarquías, sin empeñarse en esa superstición tan humana, la de corregir el pasado.

Sería como escribir una alucinante autobiografía sin palabras, un archivo de cada momento del pasado. Tengo un amigo, miope desde niño, que guarda en una gran bolsa de plástico todas las gafas que ha llevado en su vida, desde el primer par que le pusieron, que le hará acordarse de la extrañeza de verse en los espejos y de la melancolía de aguantar las bromas crueles en la escuela. Gafitas, cuatro ojos, capitán de los piojos. El río de las cosas es una catarata que se despeña permanentemente en el olvido, y cada uno de nosotros va dejando tras de sí un rastro que sería larguísimo y revelador si pudiera seguirse en su integridad, con ese cuidado con que los paleontólogos exhuman, rozando el suelo de un yacimiento con instrumentos tan delicados como pinceles, las huellas mínimas de una presencia humana de hace muchos milenios: no sólo un cráneo, unas piedras talladas o unos útiles de hueso, sino también las esquirlas de la piedra y los restos del carbón de una hoguera, el polen fósil que permitirá imaginar con solvencia las especies de los bosques que aquella gente habitaba. Uno vuelve a la casa familiar de la que se marchó a los veinte años y encuentra en ella un yacimiento de memoria mucho más fehaciente que cualquier recuerdo. Como una cueva prehistórica clausurada por un derrumbe, los cajones de una cómoda o de una mesa de noche o los libros que nadie ha movido de la estantería conservan indicios materiales que de otro modo se habrían perdido: una revista que compré en 1977, un mechero desechable con el letrero de un bar que dejó de existir hace mucho tiempo, un cuaderno de apuntes que debí estudiar con ahínco culpable la noche antes de un examen del que no me ha quedado ningún recuerdo. Pero más inquietante es abrir baúles, maletas que son en sí mismas reliquias de largas noches en tren y que contienen, inesperadamente, un par de zapatos gastados por caminatas de hace muchos años, una chaqueta con ese corte deplorable que adquiere siempre la ropa cuando se ha pasado de moda pero todavía no se ha vuelto pintoresca, o no ha sido ennoblecida por un cambio caprichoso de gusto. Quién resistirá la tentación de buscar en los bolsillos, queriendo encontrar en ellos un objeto decisivo en el que estaba escondida la clave del pasado, encontrando, si acaso, una entrada de cine o un lápiz, un cigarrillo reseco que perteneció a aquel fantasma improbable que vestía esa chaqueta en la cual era raro que faltara un paquete de tabaco.

A Andy Warhol le gustaba guardar lo que él llamaba time boxes: cajas en las que atesorar vanamente las cosas cotidianas de la vida queriendo amansar el río desastroso del tiempo. En China, hacia los mismos años en que Warhol inventaba el reino frívolo y gustoso del pop, prolongando en el fondo una tradición muy americana de celebración de lo terrenal y lo común, muchas personas lo guardaban obsesivamente todo no por fetichismo de los objetos ni por resistencia vana al paso del tiempo sino por pura necesidad. La Revolución Cultural, que tanta admiración despertaba entre los desnortados y malcriados hijos de la prosperidad en Occidente, fue un metódico cataclismo que arrasó con todo, y que forzó a la gente pobre al remedio extremo de no desprenderse nunca de nada. No Desperdicies, era la consigna. Llegado el momento la cosa en apariencia menos valiosa o más precaria podía servir para algo: una bolsa de plástico, un manojo de llaves oxidadas, el recipiente de cartón de una docena de huevos, el de un yogur, una pila agotada, un cordón de zapato, una muñeca de plástico, un trozo de cable, el tapón de un bote de refresco.

La vida está en las cosas. En Nueva York, ahora mismo, en el atrio central al que dan las nuevas salas del MOMA, el artista chino Song Dong ha creado una obra de arte memorable reuniendo y ordenando las cosas que acumuló su madre a lo largo de los años más difíciles del comunismo, las que siguió conservando cuando la vida se hizo un poco más fácil y cuando llegó por fin una extraña y caótica prosperidad que de algún modo era tan arrasadora como lo había sido la Revolución Cultural. Como tantas personas que han padecido mucho, la madre de Song Dong no tenía mucha confianza en la solidez del porvenir: todo podía cambiar de nuevo de un momento a otro; la destrucción que en otro tiempo se había cebado en las vidas de los pobres en nombre del paraíso comunista ahora aniquilaba sus barrios y sus formas de convivir y sobrevivir para hacer sitio a los edificios ingentes de los Juegos Olímpicos.

De cuántas cosas está hecha la biografía de una sola persona. La instalación de Song Dong es un monumento funerario y también un minucioso museo. La pasión acumulativa de la madre ya muerta la ha convertido el hijo en un catálogo ordenado de cosas que conmueven más todavía cuando son más triviales: las filas de botellas de plástico con insignias chinas de refrescos; los tapones componiendo cuadriláteros como los de un juego de damas; los embalajes de cartón que nunca fueron desechados componen ahora la maqueta de una ciudad fantástica; los pares de zapatos trazan el hilo entero de una vida desde los primeros pasos infantiles hasta la edad adulta; cuatro televisores sucesivos son el salto de la tosquedad tecnológica al mundo de ahora; una hilera de relojes baratos de plástico es el tictac del tiempo que ha ido latiendo en la muñeca sin que uno reparara en su paso. En sus cajas de cartón los lápices de colores están gastados a diversas alturas, y alguna de ellas será la última que un niño usó antes de abandonar para siempre la escuela. En cada uno de esos teléfonos habrá un rastro de las voces que alguna vez se escucharon gracias a ellos, un recuerdo congelado del miedo que alguien debió de sentir cuando sonara un timbrazo en mitad de la noche.

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